| Título: | El ojo vivo |
| Autores: | 16. Jean Starobinski |
| Precio: | 13 € |
| ISBN: | 84-931403-5-X |
| Nº páginas: | 212 |
| Texto solapa: | Lo escondido nos fascina. Una energía impaciente nos atrae allí donde
vemos disimulo, ausencia, secreto; y suscita nuestro deseo de poseer
una mirada irresistible, penetrante, ambiciosa. El mismo
título de El ojo vivo remite a este deseo, expresado por Rousseau: «Si
yo pudiera cambiar la naturaleza de mi ser y convertirme en un ojo
vivo, de buena gana lo haría». Starobinski se ha interesado siempre por la tensión
entre ser y parecer, por el laberinto de los comportamientos
enmascarados, exhibicionistas y perversos, así como por los enemigos de
los disfraces: moralistas, denunciadores de la hipocresía, destructores
de ídolos y espejismos. Por eso ha escrito sobre la nostalgia y la
melancolía, que son modos de desenmascarar al mundo.
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| Texto adicional: | Algunas críticas: Archipiélago, 57, 2003 / El País, Babelia, 15-III-2003
Al margen No es extraño que Starobinski, alguna vez, haya reconocido que su ideal consistiría en lograr fundir la historia de las ideas con el análisis formal, como lo hicieron historiadores del arte tan desbordantes como Panofsky, Saxl, Gombrich o Chastel. Y es que tal magma de relaciones e intercambios nos conduce ya a su punto de vista teórico, que se define negativamente: nunca se adhiere a un método rígido. A veces ha hablado Starobinski del comparatismo que le atrajo en su juventud —pensaba, sólo al inicio, en Mauss y Caillois, Jung y Kerenyi, Bachelard, Rougemont o Raymond—, pero sus referencias más arraigadas han sido otras: la presencia en su obra de Kierkegaard y Freud, la enseñanza de Spitzer y también de Saussure, el trasfondo de Droysen, Dilthey o de esos historiadores modélicos, ligados al Warbug, por lo cual varios de esos primeros autores le resultarían bastante ajenos luego.
Este camino tiene la calidad de
lo singular sin ser del todo personal: es un índice histórico-crítico,
pero no aplastado por la Historia. Ni está muy alejado de su objeto ni
se acerca en exceso a él, como decía hace años: «tal vez la crítica
completa no sea ni la que aspira a la totalidad (como hace la mirada
dominante), ni la que aspira a la intimidad (como hace la intuición
identificadora); es una mirada que sabe exigir unas veces la
perspectiva dominadora y otras la intimidad, sabiendo de antemano que
la verdad no está ni en una ni en otra tentativa, sino en el movimiento
que va incansablemente de una a otra. Pero también —remacha en El ojo vivo—
puede que la crítica haga mal en regular hasta ese punto el ejercicio
de su propia mirada. Más vale, en muchas circunstancias, olvidarse de
uno mismo y dejarse sorprender».
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